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ALGO SOBRE MÍ Y MI VISIÓN DE LAS CRISIS

Me siento movida en este escrito por el simple deseo de mostrar en mi entorno trazos de mí, pedazos de mi pasado y mi presente, así como mi visión de las crisis y su función sanadora. Este mostrar, hace más de 20 años, recién iniciado mi proceso de crecimiento, y durante mucho tiempo, me era muy difícil de hacer, por desconocimiento de mí misma y porque me ponía en situación vulnerable y de peligro fantaseado.

Comencé mi camino de individuación cuando, acabando la adolescencia, empecé a tomarme en serio mis primeras crisis existenciales surgidas a raíz de la separación de mis padres y el consiguiente sufrimiento “inexplicable”. Entonces no lo comprendía, por falta de recursos adecuados para ello-; ya contaba con 19 ó 20 años, pero me impactó como si fuera una niña: mi mundo familiar de referencia, del que me había alejado voluntariamente para estudiar, se partía en dos sin previo aviso. Y una de las partes nos abandonó. Y yo me sentí partir por dentro también.

Con un carácter neurótico, ego, que ahora sé dudoso, rígido y contrafóbico –es decir, negador del propio miedo y temerario, a la vez que profundamente cobarde- e hiperidealista, y del que entonces tenía bien poca conciencia, fui entrando en sucesivas crisis que desbarataban mi estado de ánimo y mis, hasta entonces siempre a punto, ganas de hacer cosas.

Además, tuve que ocuparme de mejorar mi salud física, mermada por la manifestación de síntomas como: eczemas bastante molestos -que los dermatólogos decían crónicos-, alergias primaverales que cuando vivía en Salamanca me impedían salir a la calle en plena polinización, un estreñimiento pertinaz, una escoliosis, menstruaciones en ocasiones dolorosas, y algunos síntomas más que tenían que ver con un vivir retentivo en general. Me llevó años superarlos satisfactotia o completamente. Acudí sucesivamente a homeópatas y naturistas, a deportes que disfrutaba desde la infancia, al yoga (incluso me hice profesora por un tiempo), después al tai chi y el kung fu años más tarde, a masajes y desbloqueos vertebrales, al baile y la meditación, al contacto con la Naturaleza y, por supuesto, a las terapias, en mi caso humanista, gestalt, integrativa -con Claudio Naranjo- y corporal integrativa, así como a la psiquiatría en momentos de alta urgencia. Todo esto mientras me iba formando para ser quien soy en lo profesional, siguiendo siempre mi vocación… Acudí en mi búsqueda a una visión holística – global- de la enfermedad y la salud, en suma.

Creo profundamente en el poder curativo de las crisis, en el poder iluminador de las enfermedades y los síntomas. Nos señalan, con una extraña claridad si es que uno se atreve a ello, hacia donde es necesario mirar (el enfoque) y aquello que necesita de nuestra atención (poner conciencia) y cuidado (acción correcta), nos guste o no ocuparnos de todo eso. En Chino, crisis tiene un sabio significado doble: conflicto y oportunidad a la vez. De eso escribo.

Si pongo completamente en manos de otro mi crisis, mi síntoma o mi enfermedad, porque “él/ella es quien sabe de esto”, no aprenderé la lección a aprender, casi con seguridad no me curaré o convertiré un síntoma en otro, irresponsablemente, y quizá me convierta con el tiempo en una enferma crónica renegante de su enfermedad y quejosa de la injusticia de la vida…

Si pido las ayudas necesarias y suficientes, sin renegar de mi responsabilidad con mi vida, con mi crisis y mi malestar, con mis recursos, con lo que va bien y lo que no, haciendo lo que he de hacer, es decir, hacerme cargo de mí misma, comienzo a ponerme en el camino. En MI camino. Y no hay caminos trillados…

Así, considero que el primer paso para andar ese camino de autoconocimiento, individuación, mejoramiento o como sea que se le quiera llamar, es asumir que uno/a tiene algún tipo de conflicto consigo mismo y/o con el mundo. No se trata de inventarlo “para sufrir”, en absoluto, sino de tener la valentía de reconocer que a uno le pasa algo en lo que no está armónico.
El segundo paso es pedir ayuda cuando uno la necesita. Uno no es autosuficiente. Somos seres por naturaleza sociales y con necesidad de contacto humano para vernos a través de la mirada de otro (es imprescindible que esa mirada sea benevolente, limpia y libre de prejuicios,… lo más posible) y que el otro se beneficie también de nuestra mirada. Es necesaria una dosis de humildad para dar ese primer paso. Negar tal necesidad de ayuda en los momentos difíciles es de necios o muy narcisistas: “ya me saldré solo”, “esto no es nada, ya se me pasa” o “ya puedo solo” son formas comunes de estas posturas engrandecidas, que a veces esconden miedos muy sutiles y profundos a mirarse verdaderamente o a ser visto por otro…. Un ejemplo típico es el de la persona que sintiéndose mal repetidamente no va al médico.
El tercer paso es buscar bien a quien me puede dar la ayuda necesaria. Indagar entre los conocidos o, actualmente, en la información disponible en la red para ello.

En las crisis suele haber gran cantidad de confusión interna, luchas intestinas entre partes de uno mismo que nos dejan agotados, además de las luchas externas con otras personas o situaciones que muchas veces no está en las propias manos manejar, contradicciones que parecen -pero sólo lo parecen- irresolubles, ansiedad, estados de pánico, asuntos que se escapan a la pobre visión de las cosas que uno tiene, estados de estrés exagerado,… En fin, la lista podría alargarse demasiado.

Ocurra lo que ocurra con lo externo, hay una cosa excepcional que uno sí puede hacer y que la misma crisis o enfermedad apunta como decía más arriba: autorresponsabilizarme, es decir, comenzar a tomar el toro por los cuernos y dejar de echar balones fuera del tipo “él o ella es el/la culpable de que a mí…”, “si yo hubiera tenido una infancia mejor…”, “la vida es injusta” (¿quién dijo que no lo fuera?, pero es lo que hago yo con eso que siento injusto lo que marca la diferencia).
Soy yo la que está enferma, la que tiene una niña interna herida dentro de la adulta que soy, o la que siente dolor, rabia, odio, confusión, angustia o paralización, o teniendo éxito me vivo vacío, o que no sabe decir “no” cuando siento adentro un no, o que no acepto mi cuerpo, o que no sé parar nunca, o que no sé ponerme en marcha a por lo que deseo, o… Y, por lo tanto, sí está en mis manos hacer algo diferente de lo de siempre para amplificar mi vivencia y comprensión de mí mismo.

Y creo que existe un paso previo a la verdadera toma de responsabilidad de mi vida y mi forma de vivirla: el compromiso íntimo con aumentar la conciencia de quién soy, de lo que siento y lo que me impido sentir, de lo que pienso y lo que ni me atrevo a pensar, de lo que hago y dejo de hacer en mis días y noches.
Después, andando el camino, conciencia y responsabilidad se van nutriendo mutuamente, retroalimentándose… Hasta que ya no es necesario tanto apoyo externo, porque ya me sé plantar sobre mis propios pies y desde mis adentros más esclarecidos.

Esta vida es polar. O al menos la vivimos así. Nos movemos constantemente en parámetros de opuestos que sentimos a veces irreconciliables,…hasta el punto de renunciar a aspectos de nosotros mismos habitualmente para mantener intacta una imagen preconcebida y forjada en la infancia para agradar o desafiar a las figuras más significativas de entonces. No importa mucho si es positiva o negativa, el caso es preservar tal imagen. Esa es la base que mantiene toda neurosis: la repetición.
Así, por ejemplo, si sólo acepto “ser fuerte” no admitiré mi fragilidad, ni me permitiré vivirla cuando me sienta frágil por lo que sea que me pase. O lo contrario. Lo mismo con la agresividad y la ternura, la feminidad y la masculinidad, el egoísmo y la generosidad, la soledad y el compartir, etc. Y los aspectos polares que no tengo integrados (que viven en la sombra, en el inconsciente, pues nunca desaparecen) emergerán antes o después en forma de síntomas, enfermedades o crisis existenciales.

Es responsabilidad de cada uno de nosotros integrar lo no integrado, es un camino individual pero que aporta salud al camino de la humanidad entera porque le pertenecemos y que pasa por un ritmo fluido entre el contacto con el mundo y, a veces, la retirada del mundo. Contacto-retirada es precisamente una de las polaridades básicas de la Terapia Gestalt.

Hacer mi camino de individuación ha sido, junto con mi vivencia de la maternidad, lo más importante de mi existencia hasta el momento; hacerme yo misma cada vez más, ser la que soy y no otra fantaseada, idealizada o desvalorada. Y fue durísimo en muchas y prolongadas ocasiones. Y fue y es enriquecedor, amplificador, y me ha dado comprensión donde antes había sin sentido. Atravesé, siendo muy social por carácter, desiertos y picos emocionales y afectivos tremendos. Puedo dar y doy gracias a la vida y a algunos seres excepcionales en mi vida, que me dieron apoyo allá donde no podía autoapoyarme, por haber podido transitar tales desiertos -con esas ayudas o sola, de todo hubo- y crecer más allá de mis anteriores limitaciones neuróticas, reconociendo así también mis límites sanos, aquellos que me dicen clarito hasta dónde llego y lo que quiero o no aceptar del mundo. Aunque siempre queda por trabajar y caminar, por supuesto, ¿cómo no?.

Eso es lo que trato de ofrecer a mis pacientes y a las otras personas con las que me toca compartir la vida, mis compañeros de viaje: mi hijo, pareja, amigos (los imprescindibles amigos), mis gatos, colegas y gentes con las que me voy encontrando. El camino no se acaba…

Beatriz Domínguez Lorenzo. Verano 2008.